viernes, 2 de abril de 2010

La política de las emociones.




François Mitterrand:

“Sólo puede ser presidente de la República alguien que desea, ama y quiere”

Antoni Gutiérrez-Rubí, octubre 2007

Para la revista de la Fundación Rafael Campalans

www.gutierrez-rubi.es




A finales de mayo de 2007, Michael Tomasky, publicaba un sugerente

artículo en The New York Review of Books analizando “cómo deberían

hablar” los demócratas para ganar las próximas elecciones

presidenciales norteamericanas de 2008. El debate sobre el uso

emocional del lenguaje y los marcos conceptuales en la comunicación

política no es nuevo en Estados Unidos. Frank Luntz, uno de los

mejores entrevistadores norteamericanos según el Business Week y

experto en el análisis de “focus group” para grandes grupos de

comunicación, ha escrito recientemente el libro “Words That Work:

It’s Not What You Say, It’s What People Hear” (Palabras que

funcionan: No es lo que tu dices, es lo que la gente escucha). Drew

Westen, en posiciones contrarias, ha publicado también “The Political

Brain: The Role of Emotion in Deciding the Fate of the Nation” (El

cerebro político: El papel de la emoción en la decisión del destino de

la nación). Y George Lakoff escribió su popular libro “Don’t think of an

elephant!” (¡No pienses en un elefante!), publicado también en

España. Todos estos autores han situado el debate sobre el lenguaje

en el centro de las preocupaciones estratégicas de los dirigentes de

las formaciones políticas.

Abordan el papel de las emociones y de las percepciones en el

lenguaje político y su repercusión política y electoral. Sus textos

afirman que conocer y comprender bien la percepción final del elector

respecto al discurso político es tan importante –o más- como el

contenido de las propuestas. Poner el acento en la recepción y no en

la emisión política implica nuevas lógicas y nuevos desafíos.

Palabras y hechos que emocionen

Un renovado interés por las emociones y las percepciones, como

elementos centrales de la comunicación política, se abre paso con

fuerza, también en Europa y en nuestros escenarios políticos más

próximos. La política progresista instalada entre la vanidad ideólogica

y la prepotencia programática parece que empieza a cuestionarse

desde dentro y desde fuera de los espacios orgánicos. Obsesionados

en tener la razón, en el argumento decisivo o la propuesta

incomparable, asisten -incrédulos y con estupor- a derrotas frente a

adversarios que han hecho de la simplicidad, del radicalismo y de la

claridad sus bazas electorales. No comprenden cómo siendo

“mejores” y teniendo propuestas más “sociales”, los electores no se

rinden a su oferta con el voto masivo. El orgullo herido que bloquea

la autocrítica empieza a dejar paso a la reflexión serena. Los

progresistas están descubriendo, sorprendidos, que han abandonado

el terreno de lo emocional (valores, sentimientos, emociones…) y han

descuidado el conocimiento de la percepción ciudadana. Otros lo

están ocupando: los conservadores que utilizan mejor las palabras y

los gestos.

Aceptada la “inteligencia emocional”, los políticos comienzan a valorar

la gestión de las emociones como vehículo decisivo para generar los

sentimientos que les permitirán transmitir –de manera que se

perciba- un determinado mensaje en las mejores condiciones. Hay

una nueva mirada hacia la importancia de la comunicación no verbal

(gestos, movimientos, tono, detalles…), responsable determinante de

la percepción pública. Ya no se juzga a los políticos solamente por sus

palabras y sus promesas, sinó que su aspecto y su actitud también

juegan un papel decisivo. Un gesto fuera de lugar o un

comportamiento equívoco pueden minar la confianza de los

ciudadanos. Muchos ya saben el carácter letal de una risita nerviosa

en un momento equivocado.

Las palabras clave generan imágenes, consolidan marcos

conceptuales previos y son la antesala de las emociones. Las

emociones son la comprensión. “Los neurólogos están descubriendo

que el cerebro decide en función de lo que cree, no de lo que ve. Es

decir, que vemos el mundo según creemos que hay que verlo”

(Eduard Punset, septiembre de 2007).

El bloqueo emocional, al que se puede añadir el bloqueo estético o

incluso el bloqueo ético, es una barrera hacia la propia comunicación.

Como apunta Javier Canteros en su artículo “Para qué sirven las

emociones”: las emociones afectan nuestra manera de ver y pensar

el mundo. Está demostrado que influyen en la atención, en la

memoria y en el razonamiento lógico. “Aprender a gestionarlas es

mucho más beneficioso para la vida social que negarlas porque el

amplio abanico de emociones está por detrás casi todas nuestras

motivaciones”.

Emociones políticas para el liderazgo

En julio de 2007 (25 años después de la primera victoria socialista

después de la Transición), Felipe González, expresidente del Gobierno

español entre 1982 y 1996, explicaba ante el auditorio del XXIII

Congreso de las Juventudes Socialistas de España (JSE) las claves

para ejercer el liderazgo político: “El socialismo es, sobre todo, un

sentimiento, y no es y no debe ser una construcción ideológica. Para

liderar el cambio es imprescindible hacerse cargo del estado de ánimo

de los otros”. Y continuaba: “El liderazgo consiste en estar con la

gente, con su sufrimiento, abriéndoles horizontes, pero hay que

tenerlos claros”.

Emocionarse y emocionar. Ésta es la clave. Emocionarse por el

cambio social, por las nuevas ideas y por los retos. Sólo así es posible

emocionar. “Es evidente que cuando la política es sólo pasión y

emoción, la probabilidad de que la tensión social aparezca y el

invento de la convivencia democrática quede hecha añicos es muy

elevada. Pero pretender, consciente o inconscientemente, que la

política esté despojada de pasión y emoción es poner las bases para

un proceso de liquidación social de la política” (Jordi Sánchez,

septiembre de 2007). La capacidad que tengan los progresistas para

transmitir pasión por los cambios, entusiasmo por las ideas e ilusión

por los retos se convertirá en la llave emocional que les permitirá

conectar con los ciudadanos. Éstos quieren soluciones, pero también

horizontes, sueños, proyectos. Medios y largos plazos para

comprender el corto y asumir sus costes y sus sacrificios.

Neuronas con intención de voto

La revista británica Nature Neuroscience divulgó, en septiembre de

2007, un estudio que relaciona las visiones políticas con los estilos

cognitivos. Así, los conservadores tienden a buscar el orden y la

coherancia, mientras los liberales (los progresistas) son más

tolerantes con la ambigüedad y la complejidad, favoreciendo su

capacidad de adaptación a los cambios.

El politólogo David Amodio, de la Universidad de Nueva York, junto a

varios colegas decidieron dar un paso más y averiguar cómo

reaccionaba un grupo de personas que se habían autocalificado como

progresistas o conservadoras ante situaciones imprevistas y qué

estímulos neuronales se accionaban ante tales circunstancias. El

objetivo era averiguar si reaccionaban neuronalmente de forma

parecida los individuos de un mismo grupo “ideológico”.

Con la ayuda de electroencefalogramas, que miden impulsos

neuronales, estudiaron la parte del cerebro humano (el córtex

cingulado anterior) vinculada al proceso de autoregulación del control

del conflicto. Los autodenominados liberales mostraron mayor

actividad neuronal relacionada con el conflicto, cuando la hipótesis del

experimento les instaba a una situación de alteración de la rutina,

planteada alrededor de un cambio de dirección y de acera en el

camino habitual de una calle recientemente en obras. Los

conservadores eran menos flexibles y se negaban a cambiar viejos

hábitos, con un razonamiento estructurado y persistente, a pesar de

las señales evidentes de que era necesario.

Frank J. Sulloway, investigador del Instituto de Personalidad e

Investigación Social de Berkeley, afirma que el estudio ha servido

para “demostrar que las diferencias individuales entre liberales y

conservadores están fuertemente relacionadas con la actividad del

cerebro”. El director del estudio, David Amodio, matizó en Los

Angeles Times: “El voto no está determinado sólo por la actividad

neuronal. Influyen mucho los factores educacionales, culturales y

ambientales”. Pero también afirmó que “al envejecer se experimentan

cambios en el córtex frontal del cerebro y, lógicamente, esto podría

afectar a nuestra manera de pensar”, favoreciendo así posiciones más

conservadoras con la edad, al disminuir la capacidad de la parte del

cerebro capaz de gestionar los conflictos. No pasa lo mismo con la

capacidad de amar o de emocionarse que no se pierde con la edad,

como nos demuestra la neurobiología.

Palabras que generan percepciones, emociones que guían a nuestras

neuronas. Este escenario tan químico y epidérmico… ¿es una

dificultad o una oportunidad para los progresistas?, ¿es una

oportunidad para la razón?

El discurso emocional

Los socialistas franceses han asumido, tras el resultado electoral de

de las presidenciales que llevó a Nicolás Sarkozy a la Presidencia de

la República, que no supieron como contrarrestar su “discurso

emocional” ante los cambios sociales como “la fragmentación del

mundo del trabajo o la individualización de los comportamientos” y

esto fue así porque les “faltó claridad”. Éste es el diagnóstico, pero

quizás es insuficiente para comprender lo que pasó.

En abril de 2007, Nicolás Sarkozy afirmaba sin rubor en “Le Figaro”

que había hecho suyo el análisis marxista de Gramsci sobre que “el

poder se gana con las ideas”. Aunque no sean las tuyas. Acto seguido

se lanzó a una ofensiva de captación hacia las personalidades más

lúcidas y brillantes de la izquierda francesa, que ha dejado al Partido

Socialista desarbolado y con tics autoritarios en su intento de frenar y

retener el talento progresista entre las débiles paredes orgánicas.

Sarkozy sigue la estrategia de la “triangulación” formulada por Dick

Morris. Consiste en solucionar problemas que animan y que motivan

a los votantes de tu adversario con el objetivo de desmovilizar a sus

bases electorales o captarlas sin perder tu apoyo. La “triangulación”

pretende solucionar los retos del adversario, con soluciones

integradoras, mixtas entre las dos grandes fuerzas y cohesionar y

centrar la atención de la agenda pública y mediática en los temas

tradicionales de tu oferta.

En Italia, Walter Veltroni, nuevo líder del centro izquierda y

depositario de una gran expectación renovadora, proclama que su

país necesita “una fuerza reformadora, libre de ideologías”. Veltroni

afirma, sin complejos ni tutelas, que “la seguridad no es de derechas

ni de izquierdas”, coincidiendo con algunos de los postulados

eclécticos del presidente francés.

Sarkozy aplica un tratamiento de shock estético, emocional y

mediático a la sociedad francesa, que ve en el hiperactivismo de su

presidente un remedio ante la incertidumbre y ante la pérdida de la

grandeur. Una dejación de la responsabilidad colectiva para abrazarse

al protector, padre y guía. Un conjunto de sutiles emociones se

destilan en la agenda del presidente, alimentando el subsconsciente

colectivo del superhombre en quien delegar toda nuestra confianza.

Pretende que lo “pienses” y, de entrada, te lo hace “sentir”.

La política de las emociones… y de los sentidos

Los estímulos sensoriales generan estados anímicos y pueden

determinar lo que sentimos, nuestros pensamientos y nuestra

manera de actuar. El olor, por ejemplo, está unido al sistema límbico

o cerebro medio, un sistema formado por varias estructuras

cerebrales, encargado de gestionar las respuestas fisiológicas ante

estímulos emocionales. Está relacionado con la memoria y la gestión

de los recuerdos, la atención, la afectividad, la conducta o la

personalidad. En un día podemos llegar a recibir más de 3.000

estímulos distintos, de los cuales sólo somos conscientes de

aproximadamente el 1%. He sostenido que el olor corporal de

nuestros políticos (o la percepción del olor) pueden ser determinantes

para ganar o perder la confianza del electorado.

La construcción de determinadas acciones y “vivencias” para el

desarrollo de la acción política tiene cada vez más presentes todos

estos factores. El concepto “brand sense” se utiliza para denominar

una técnica a través de la cual se trata de potenciar e implementar

en los valores de una marca, un producto o un servicio el potencial

que nos ofrecen el sonido, el gusto, la vista, el olor o el sentido del

tacto, siempre y cuando sea posible para conseguir una asociación

positiva y natural. Se trata de construir marcas a partir de la

integración de los cinco sentidos básicos.

Martin Lindstrom habla de “tender puentes sensoriales y emocionales

entre clientes y productos”; en nuestro caso, entre políticos y

ciudadanos. El 80% de toda comunicación entre humanos es no

verbal y el 95% se realiza a través del subconsciente. De ahí, la

importancia de construir la relación política como una experiencia

emocional que active nuestros mecanismos internos y consiga la

actitud y predisposición necesarias para conseguir una acción

concreta: la participación, el voto, la simpatía…

A modo de conclusión

Algunos líderes políticos, especialmente desde la izquierda clásica,

desconfían de estas estrategias y desprecian su sentido y su utilidad

para una acción política transformadora. Despreciando lo que ignoran

(o no quieren conocer) demuestran una incapacidad significativa para

comprender “el ánimo” de la sociedad a la que aspiran representar o

cambiar. Consideran que tales estrategias son “perversas”,

ideológicamente contaminantes de los principios y valores que dicen

defender y que son “modas” perniciosas en las que sólo están

interesados los “profesionales” de la política: asesores de toda

condición, spin doctors, técnicos de comunicación y expertos en

imagen.

La agenda pendiente para la renovación de los partidos políticos es

amplia y múltiple. Afecta a las propuestas, a los objetivos y a las

formas. Pero la pista de la “política de las emociones” puede ser una

senda que genere más debate y más transformaciones que las que

aparenta con su aspecto superficial.

Primero, encontrar las palabras que emocionen y que acierten en el

diagnóstico y en la propuesta, creando los marcos conceptuales que

nos permitan seguir avanzando en la comunicación política. Segundo,

vivir la experiencia política con pasión, ilusión y entusiasmo

contagioso, abriéndola para acercarnos a las vivencias de nuestros

conciudadanos y construyendo, desde esa proximidad, un liderazgo

proactivo. Tercero, explorar el caudal cognitivo de las emociones para

establecer un nuevo relato y un renovado compromiso político y

cívico. Y, finalmente, comprender los mecanismos neurológicos y

sensoriales que articulan nuestra percepción y nuestro conocimiento.

¿Les parece poco?

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